Miércoles 13 de Diciembre de 2017. República Argentina.
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Editorial TN. 
Martes 05 de Diciembre de 2017 20:12

Tiene trece años y festejó su cumpleaños con un beso de su novio de catorce

Fiesta de cumpleaños, la familia reunida, amigos, una torta, velitas, aplausos, música. Un chico de trece años le da un beso a su novia, de catorce, y los demás chicos le cantan el feliz cumpleaños con un estribillo subido de tono.
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 ¿Qué vemos en esa escena? ¿A qué recuerdos de nuestra propia infancia nos remite? ¿Qué sentimientos nos provoca? ¿Cómo reaccionarías si se tratara de tu hijo? ¿Qué pensarías si alguien dijera que está mal, que es una barbaridad, una indecencia, una inmoralidad, que los padres deberían ir presos por permitirlo?

Si la última pregunta te parece absurda, sin sentido, rebobinemos.

No son un chico y una chica. Son dos varones. Uno de trece, el otro de catorce. Son novios, con lo que esa palabra significa a esa edad, que no es lo mismo que a los dieciséis, a los veinte, a los treinta. Estaban felices, festejando el cumpleaños de uno de ellos. Están enamorados, con lo que el amor significa a esa edad. La torta de cumpleaños tenía una foto de la cantora y drag queen brasileña Pabllo Vittar. Se dieron un beso, como son los besos a esa edad. ¿Qué pensarías si alguien dijera que está mal, que es una barbaridad, una indecencia, una inmoralidad, que los padres deberían ir presos —sí, presos— por permitirlo?

Fue lo que pasó a fines del mes pasado en Brasil. No debería haber sido nada más que un acontecimiento privado, familiar, pero el video del feliz cumpleaños, que alguno de los invitados a la fiesta filmó con su celular y subió a YouTube sin permiso de los chicos ni de sus familias, generó una disparatada polémica nacional. Opinaron políticos, pastores, periodistas y miles de internautas, a los que es beso —poco más que un “piquito”— les pareció casi pornográfico, como si se tratara de una escena de sexo explícito encima de la torta de cumpleaños, con penetración y sin preservativo. En las redes sociales, llegó a hablarse de “pedofilia”, como si no fuesen dos chicos de casi la misma edad, o como si hubiese ocurrido algo más que un simple beso en una fiesta de cumpleaños. “Es la ideología de género”, dispararon políticos de ultraderecha, que usan esa expresión para referirse a todo lo que signifique no reprimir los sentimientos de niños y adolescentes homosexuales con la amenaza del fuego eterno del infierno.

La publicación del video en la página del diputado provincial Flavio Bolsonaro, hijo del precandidato presidencial Jair Bolsonaro —el ex-militar fascista que reivindica la dictadura militar y dedicó su voto en el parlamento a favor del impeachment al torturador de Dilma Rousseff— provocó una persecución virtual de sus seguidores contra los chicos y sus familiares, que recibieron decenas de mensajes de odio y amenazas de muerte por las redes sociales. “Basura”, “maricón de mierda” y “merecés cobrar” decían algunos de los mensajes que recibieron. En un audio enviado por Whatsapp, un joven seguidor del diputado amenazaba a los chicos a “meterles bala” si no se “hacen hombres”. La mamá de uno de los chicos, asustada, hizo la denuncia policial. Su hijo había salido del armario a principios de noviembre y le presentó a su novio, y ella estuvo de acuerdo con que lo invitara a la fiesta.

Algunos recordaban en las redes a la turba de walking dead que sigue a la familia Bolsonaro —los llamados “bolsominions”— que, en televisión y fuera del horario de protección al menor, se han visto en los últimos años muchos besos entre chicos de esa edad. Hay películas, inclusive infantiles, inclusive dibujitos animados, que celebran el “primer amor” de jóvenes parejitas, inclusive menores que los chicos del video. Pero, claro, chico y chica. “No es lo mismo”, dicen los que se sienten agredidos al ver la misma escena protagonizada por dos varones, como si cuando eran chicos no hubiesen jugado a la botellita en cada fiesta de cumpleaños, o como si muchos de ellos no hubiesen ido con su propio padre a la misma edad para debutar con una prostituta. “No es lo mismo”, repiten.

Pero sí, lo es, aunque algunos no lo entiendan.

Rebobinemos un poco más. Le hablo al lector o lectora heterosexual: tratá de recordar tu propia infancia. ¿A qué edad te empezó a gustar, por primera vez, un chico o una chica? ¿A qué edad tuviste tu primer novio o novia? ¿Cuándo diste el primer beso? ¿Qué dijeron al saberlo tus amigos, tus padres, tus hermanos, tus vecinos, tus compañeros de la escuela, tus maestros? ¿A qué edad invitaste por primera vez a tu novio o novia a la casa de tus padres? ¿Cuántos años tenías cuando tuviste con ellos la primera conversación sobre sexo? ¿Cuándo tuviste relaciones por primera vez?

Como digo en la introducción de mi nuevo libro, El fin del armario, de todas las cosas que nos prohibieron a los gays, la adolescencia es la más injusta. Por alguna extraña razón, mucha gente piensa que gays y lesbianas nacimos con dieciocho años de edad. Que antes, simplemente, no existíamos, o éramos seres asexuados; o bien se parte de la equivocada idea de que todos los niños son, sin excepción, futuros heterosexuales en estado puro y que hay que “protegerlos” de la homosexualidad, para que no se “desvíen” del camino “natural”. Pero no es así. Gays y lesbianas no nacemos adultos: ¡también tuvimos infancia! Y durante toda nuestra infancia fuimos sistemáticamente “influenciados” por la constante “propaganda” heterosexual, que incluía el “ejemplo” de la mayoría de nuestros familiares y amigos, el tío o la tía que nos preguntaba si ya teníamos novia, los personajes de los cuentos infantiles, los dibujitos animados, los videojuegos, el cine, la música, el teatro, la televisión y hasta los ejemplos de cada ejercicio de la escuela. Sí, inclusive las oraciones para hacer análisis sintáctico en las clases de lengua venían en la forma: “Pedrito ama a María”, jamás en la forma: “Pedrito ama a Rodrigo” o “María ama a Lorena”. Y, sin embargo, todo ese silencio sobre la diversidad sexual y esa educación heteronormativa sistemática y cotidiana –y los prejuicios, chistes homofóbicos, burlas, ofensas, bullying, y a veces violencia física que presenciábamos o, a partir de cierta edad, sufríamos– no nos “hicieron” heterosexuales. Nos hicieron sufrir, apenas, pero no nos hicieron cambiar. No podrían.

Cuando un chico de doce o trece años tiene novio, o les dice a sus papás que es gay, estos se enfrentan a un dilema muy diferente del que muchos piensan que tienen delante. En la presentación de mi libro en Buenos Aires, hace unas semanas, Ernesto Tenembaum contó una anécdota que me parece sensacional para entenderlo. Dijo que, durante el debate del matrimonio igualitario en Argentina, él entendía que se trataba de algo justo y estaba totalmente de acuerdo, pero, a la vez, pensaba, aunque le costara admitirlo públicamente: “Yo no quiero que mi hijo sea gay”. Y quien le hizo entender el error fue Osvaldo Bazán, que un día le respondió: “Lo que vos quieras es irrelevante”. Así de simple. No depende de vos.

El dilema de un papá o una mamá que descubre que su hijo es gay no es si quiere o no quiere que lo sea, porque eso es como no querer que su hijo sea varón o mujer, rubio o morocho, más alto o más petiso. No importa lo que quieran, porque la orientación sexual no se elige ni se aprende ni se puede cambiar: es la que es, y ser gay o bi no es mejor ni peor que ser hétero, apenas diferente. Entonces, el dilema es cómo comportarse para que su hijo o su hija estén protegidos de la estupidez y los prejuicios de los otros y puedan tener una infancia y una adolescencia feliz y normal como la de cualquier otro chico o chica. Para un papá o una mamá que descubren que su hijo o hija es homosexual, se abren dos caminos. Pueden rechazarlo, no entenderlo, no aceptarlo, tratar de cambiarlo —jamás lo conseguirán—, y entonces lo harán sufrir, esconderse, tener vergüenza, miedo, destruir su autoestima y privarse de un montón de experiencias fundamentales para esa edad: el primer amor, el primer beso o el primer noviazgo vividos de la misma forma que los demás, o un cumpleaños en familia con su novio o novia, felices, sintiéndose aceptados y queridos. Si en vez de tratar de cambiar lo que no hace falta ni se puede cambiar, hacen lo que hicieron los papás de estos chicos brasileños —por ejemplo, invitar al novio de su hijo a la fiesta, como hubiesen invitado a su novia, si su hijo fuese heterosexual—, su hijo se los va a agradecer toda la vida.

La decisión que tomen frente a ese dilema tendrá consecuencias gigantescas para él, inclusive en su futura vida adulta.

Durante siglos, generaciones enteras de niños, adolescentes y jóvenes homosexuales se sintieron solos, raros, defectuosos, sucios, pecadores, enfermos, inmorales, se odiaron a sí mismos, vivieron a las escondidas, se culparon, dejaron de vivir las cosas que los demás chicos y chicas de su edad vivían, se saltearon la adolescencia y sólo pudieron desarrollar su sexualidad ya adultos, con una mochila llena de pesadas piedras que tenían que llevar a todos lados y de forma clandestina, oculta, vergonzante. Todo eso deja secuelas. Y la sexualidad a las escondidas, culpable, perseguida, es una sexualidad más insegura de varias formas, llena de traumas y, a veces, inclusive peligrosa.

Poco a poco, en este siglo del fin de los armarios, que avanza más rápido o más lento, desigual en diferentes partes del mundo, pero inexorable, una nueva forma de vivir la sexualidad homosexual en la infancia y la adolescencia empieza a tornarse posible. Chicos que pueden llevar a su novio a la casa de sus padres. Que no precisan esconderse. Que no se sienten culpables. Que maduran como los demás, con los mismos tiempos, con experiencias parecidas. Esa generación producirá adultos homosexuales más sanos y felices, y adultos heterosexuales menos prejuiciosos y violentos. Una sociedad más libre, más amorosa y más buena.

No depende de vos que tu hijo sea gay o hétero, pero podés ayudar a que sepa que no es mejor ni peor que nadie por eso, y eso hará que su vida, presente y futura, sea mejor.
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